Mi maestro, AntonioTrujillo

Puedo contaros muchas anécdotas de mi maestro. Os contaré la primera, una muy antigua. Cuando era un joven maestro encontró una mañana a un niño llorando a la puerta del colegio donde trabajó toda su vida. Tirando de la mano de su padre, el pequeño se resistía a entrar más allá del umbral del colegio. El joven maestro se arrodilló, le acarició la cabeza y le habló al oído. Una bolsa de caramelos escondida en el bolsillo hizo el resto de la magia y maestro y niño entraron por el patio sonriendo. Años más tarde, cuando ese niño era el alcalde de mi pueblo, vi como ambos se abrazaban en mitad de la calle al reconocerse.

Tuve la suerte, en muchas otras ocasiones, de ver a muchos antiguos alumnos abrazarle emocionados. Recuerdo el hijo de una viuda en una España donde aun no era fácil ir a la universidad reconociendo que sin la ayuda de su maestro no habría conseguido ser nunca médico, porque nadie pensaba que sería capaz de aprobar siguiera la EGB. La fe de un maestro sí puede, realmente, mover montañas.

Mi maestro era un educador que entendía la docencia desde el compromiso. Mantenía con las familias una relación de apoyo y de franqueza; no ocultaba realidades pero ofrecía toda su profesionalidad y su conocimiento para sacar adelante situaciones difíciles que hoy se llamarían necesidades específicas de apoyo educativo pero que, entonces, simplemente no tenían nombre ni tratamiento.

También era un hombre riguroso y con carácter. En una ocasión uno de sus hijos olvidó llevar a clase los deberes que había hecho con él la tarde antes y no dudó en enviarle, como al resto de los compañeros, una carta de ajuste con el encargo de que se la firmara su padre y la trajera firmada al día siguiente. Ya os podéis imaginar la cara del resto de los alumnos y la escena en su propia casa con la dichosa carta.

La dirección del centro, un colegio de curas que entendían que mandaban en el centro por la Gracia de Dios, también sufrió su carácter en la misma medida que sus compañeros y compañeras gozaron de su amistad y del valor de su lucha sindical. Era sindicalista por principios, porque entendía la escuela como un lugar donde se construye un mundo mejor en todas sus facetas: en la educación, en las relaciones laborales, en las relaciones sociales.

También recuerdo las noches en vela estudiando y preparando clases, los partidos de fútbol entre los profesores, las vacaciones de verano trabajando de ocho a tres porque había tres hijos a los que dar estudios, las largas tardes de septiembre preparando horarios sobre un enorme tablero lleno de banderitas, las pilas de exámenes, la maleta cargada de lápices y bolígrafos: uno negro, uno azul, uno rojo.

Cuando mi maestro enfermó, muchos alumnos se reunieron en su colegio para rezar por él. Cuando murió, algunos años después, no había espacio en la iglesia para que entraran todos sus amigos.

Cuando entro en clase o cuando doy una ponencia recuerdo siempre a mi maestro. Me gustaría verle sentado delante de mí, escuchándome. El día que llamé para decir que iba a trabajar en la universidad, mi madre salió corriendo a buscarlo. Venía, como siempre, de dar clase. En mitad de la calle lloró como un niño.

Mi maestro se llamaba Antonio Trujillo González y era mi padre. Me enseñó que no hay otra profesión más grande que el magisterio y cada día me esfuerzo por hacer que se sienta orgulloso de mí y de mi trabajo.

Centro Educativo: Colegio “María Auxiliadora” de Algeciras, Cádiz.
Docente desde el año 1959 hasta 1995.

Fernando Trujillo Sáez

4 pensamientos en “Mi maestro, AntonioTrujillo

  1. Seguro que tu maestro está orgulloso de ti, esté donde estés, porque el camino que te enseñó lo has aprendido y lo llevas con tesón, elegancia y emociones. Me ha encantado el relato! Eres genial!

  2. Algunos no somos hijos biológicos, como mi querido Fernando, pero sí… ¿espirituales?
    Tuvimos la suerte de cruzarnos en su camino, ilustrarnos con sus vivencias, contagiarnos con su vocación y hacernos mejores siguiendo su ejemplo y sus consejos.
    Y así se lo hicimos saber durante todos nuestros años de convivencia, procurando no decepcionarlo nunca, tratando de estar siempre a la altura y haciéndolo también, a veces, llorar de alegría.

  3. Fernando, me encanta: una reivindicación estupenda de la figura del maestro en momentos en los que predomina lo contrario. Desde luego, el magisterio ha dejado huellas en ti: tú eres un maestro.

  4. Fernando, indudablemente ha dejado mucha huella en tí y lo estás demostrando día a día. Es el mejor recuerdo que ha podido dejar y que en tí se rememora contínuamente.
    Un abrazo.

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