Docentes que dejan huella ahora es un libro

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La iniciativa de la Delegación Provincial de Educación de Málaga “Docentes que dejan huella” se convierte en libro gracias a la colaboración de la Obra Social de Unicaja.

Decenas de personas del ámbito educativo y fuera de él han querido compartir sus recuerdos acerca de los docentes que han constituido un referente en sus vidas y así saldar una deuda de gratitud.

La cantidad y calidad de las aportaciones recibidas, acompañadas en muchas ocasiones de testimonios gráficos, han animado la publicación, que fue presentada por la consejera de Educación, Mar Moreno, con motivo de la reciente celebración del Día del Docente.

En el libro han participado tanto ciudadanos anónimos como personalidades destacadas de la vida malagueña, periodistas y docentes, y el prólogo ha corrido a cargo de la propia consejera de Educación.

“Docentes que dejan huella” se ha convertido así en un testimonio narrado en primera persona de las últimas décadas de la Educación, además de un reconocimiento público a la labor de los docentes.

El libro se puede conseguir en la Delegación Territorial de Educación, Cultura y Deporte en Málaga, sita en la Avda. de la Aurora 47, planta 11, y también puede descargarse en formato digital a través de este enlace.

Enrique Asensi Bartolomé. Mi maestro, mi padre…

Enrique Asensi Bartolomé, nació en 1907, en Marbella (Málaga) y pronto su familia marchó a Málaga buscando mejores oportunidades para sus hijos. Enrique estudió Bachiller, por libre, en el Instituto de la calle Gaona y después ingresó en la Escuela de Magisterio, estudios que realizó brillantemente, ilusionándose con esta carrera. El profesor de Dibujo lo nombró, siendo estudiante de 3º, adjunto a la Cátedra de Dibujo, dadas sus buenas aptitudes artísticas. Aprobó la Oposición de 1928 y fue destinado propietario definitivo a Canillas de Albaida, en 1931. Lo recuerda aun su alumno Carlos Martín, con cerca de noventa años: “era un hombre bueno, afable, nunca se enfadaba ni pegaba, ilustraba la pizarra con dibujos y una caligrafía impecable, los alumnos estábamos a gusto en la escuela…”. Su amplia formación pedagógica la volcó en educar a los niños con gran amplitud de miras. Siguió las leyes educativas vigentes de la República que enaltecieron la figura de los Maestros y de la enseñanza, en general. Pero eran tiempos difíciles y convulsos, en que la miseria, la incultura y el dogmatismo imperaban y el Maestro Enrique Asensi fue preso de los odios e incomprensiones de ambos bandos que quería apropiárselo. La guerra incivil se cebó en él. En 1937, ocupada Málaga por las tropas franquistas, es suspendido de empleo y sueldo, luego repuesto provisional en Campanillas y, por último, en 1940, depurado y trasladado forzoso, a Hontanaya (Cuenca). Y todo por ser un hombre íntegro y digno, un buen maestro y una gran persona.

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Un maestro para siempre

Este curso que se inicia parece uno más de tantos, pero en el Politécnico sabemos que hay una diferencia significativa: nuestro compañero y amigo José Antonio  se jubila tras un período muy amplio de vida profesional. Su trayectoria por la enseñanza ha sido variada y fructífera. En los últimos años se incorporó al IES Politécnico Jesús Marín de Málaga dentro del Departamento de Orientación y es un referente esencial en el centro tanto por su profesionalidad como por su forma de ser.  Al conocerlo en el día a día me surgen ideas del tipo “si todos los docentes fueran como él, la escuela sería como debe ser” y “es el tipo de maestro que quisiera para mis hijos”.

Su trabajo en el PGS y posteriormente en el PCPI con alumnado con bastantes carencias y problemas personales y familiares ha sido extraordinario. Su capacidad de trabajo, análisis de las situaciones, rigor en los procesos en el aula nos ha dejado impresionados. Siempre vamos a recordar su maleta con todos los bolígrafos ordenados de múltiples colores  y sus carpetas en las que se reflejaban todas las incidencias con los alumnos y sus familias, así como la planificación del curso paso a paso con los materiales de clase que el mismo elaboraba periódicamente.  Cuando se entraba en su clase y se comprobaba que el grupo de alumnos de tanta complejidad y generalmente de fracaso escolar y rechazo al sistema educativo realizaba sus tareas en silencio durante varias horas sin quejas y con una naturalidad plena se podía pensar que no era normal y que ahí pasaba algo. Si qué pasaba. Había un maestro que exigía pero escuchaba,  daba ejemplo y siempre estaba para cada uno de ellos y para atender sus problemas, que en ocasiones eran bastante graves y complejos.

Además, siempre estaba dispuesto a colaborar en todas las cuestiones del departamento y del centro: trabajar en la orientación académica de la FPI, ocuparse en todas las cuestiones que han surgido y que necesitaba de personas con ganas de trabajar y dedicar tiempo, apoyar a alumnado con necesidades de refuerzo educativo…

Creo que puedo decir sin riesgo a equivocarme que todo el claustro lo ha tenido como compañero y lo considera como buen maestro y sobretodo y más importante como buena persona. En mi caso, además  lo tengo como amigo y como ejemplo de lo que debe ser un profesional y de cómo hacer las cosas dándole importancia a lo más importante: el compañerismo y los alumnos.

No quiero terminar sin decirle, aunque él lo sabe, que seguiremos contando con su sabiduría y que su ejemplo va a estar con nosotros permanentemente.

Felicidades y gracias.
Docente: José Antonio Álvarez Valverde

Juan Francisco Lima, compañero y amigo

 

Toñi Medina, mi profesora de Historia

Jamás he sido una buena estudiante, aunque reconozco haber tenido buenos docentes, y desde estas líneas quiero rendir mi humilde homenaje a Toñi Medina, con la que fui especialmente injusta. No me estoy refiriendo a faltas de respeto, algo que va radicalmente en contra de la educación que he recibido, pero sí que tuve una actitud indolente y no supe valorar su esfuerzo y dedicación.

Tengo 37años y cursé Secundaria en el instituto Federico García Lorca, de Churriana de la Vega (Granada). Allí conocí a Toñi Medina, mi profesora de Geografía e Historia en 2º y 3º de BUP. Como he referido al principio, no soy una buena estudiante, debo reconocer que más por desidia que por falta de capacidad, ya que asignaturas supuestamente difíciles, como Matemáticas, no suponían ningún reto para mí pero, cuando se trataba de ‘empollar’…

Siempre sentí especial fobia por la Historia, aunque ahora entiendo que más por el uso partidista del pasado que por la materia en sí. Por más que Toñi Medina se esforzaba en hacer atrayente la materia, explicándola casi como si de una telenovela se tratara, yo me negaba a estudiar y, todo lo más, me quedaba con algunos datos anecdóticos que poco aportaban.

Por si estas líneas llegaran a su conocimiento, me gustaría hacerle saber que, por fin, superé mis prejuicios, y que aún recuerdo la apasionante vida de Juana la Beltraneja, un personaje que pudo cambiar la Historia.

Desde aquí mi más sincero homenaje, gratitud y arrepentimiento por mi actitud pasada para Toñi Medina, profesora del instituto Federico García Lorca, de Churriana de la Vega (Granada), en la primera mitad de los años noventa. Gracias.

Una gran maestra

A veces es inevitable que las emociones afloren con fuerza, y hasta es fácil caer en la tentación de recordar el largo camino -dificultoso muchas veces- que llevamos transitado quienes ya peinamos canas y un día, en que nos entraron muchas ganas de comernos el mundo, planeamos que un modo apropiado de hacerlo podría ser dedicándonos a esta noble actividad que es la enseñanza.

Es verdad que el paso de los años tiene la puñetera manía de anquilosar nuestro luchador espíritu, al tiempo que se van llenando de telarañas los rincones del alma. Pero por el camino, bien entre bambalinas  o en el escenario principal del teatro de la vida,  a veces tienes la suerte de compartir tarea con personajes que te pellizcan en lo más hondo del alma y te ayudan a seguir avanzando.

Son personajes a quienes jamás encuentras bajos de ilusión y son inasequibles al desaliento. Si hablas con ellos sus palabras actúan como una especie de bálsamo para aliviar el desánimo que esta bendita profesión nos trae con más frecuencia de la que podemos soportar quienes ya tenemos guardada una amplia colección de “postales”; fruto, sin duda, de largos años dedicados a una actividad tan dada a los altibajos anímicos como es la docente.

Pues bien, estoy seguro de que quien haya conocido y tratado a María Luisa Alcaide, maestra recién jubilada en el colegio Santa Amalia de Fuengirola, no me va a contradecir si digo que es una suerte haber encontrado en ella a uno de esos personajes que dejan huella; una huella de la que se siente uno orgulloso para lucirla donde se presente la ocasión de decir bien alto que nos hemos cruzado por el camino con una gran maestra. Aunque lojeña de nacimiento –querida y luchadora María Luisa-  ahora ya no les perteneces a tus paisanos aunque allí, en Loja, figure tu partida de nacimiento. Ahora eres nuestra, de todos los que te hemos conocido y disfrutamos del regalo de tu amistad. Y  voy  a decirte algo que hasta puede que no te guste, si bien voy a hacerlo con todo el cariño que te tengo. Ojalá que el cacareado cambio en la edad de jubilación no te hubiera dado tiempo ni opción a que nos dejes.

La nave Santa Amalia no puede permitirse el lujo de perder a una de sus más grandes capitanas pues aún quedan muchos puertos a donde arribar, y la marinería necesita de maestras de tu  categoría para seguir navegando y capear algún que otro temporal de esos que causan efectos que sólo se curan con sentimiento y cariño. Y de eso entiendes tú un rato.

Tu mayor éxito, por encima de cálculos matemáticos, lecciones de geografía o  conjugaciones de verbos que hayas podido enseñar a tus alumnos, es haber sembrado en ellos sentimientos de muchos quilates. Como muestra basta un botón. Hace apenas unos días decidiste reunir a los padres de tus alumnos para despedirte de ellos y, aunque tú nunca has sido persona dada al lloriqueo, las emociones se desbordaron más de la cuenta.

Lo cierto es que al día siguiente hubo un momento muy especial en que una chiquilla, que tiene el alma de cristal pero un corazón muy grande, con sus medias palabras te pedía que no te marchases. Entonces, con ojos que te brillaban de un modo muy especial, supiste de verdad, como tal vez nunca lo habías descubierto antes, al menos de forma tan clara, que ha merecido la pena realmente dedicar tu vida a esta noble actividad que a veces nos da algún que otro “refregonazo”, pero que muchas otras nos da regalos tan dulces como el que te proporcionó esa niña.

Ahora que ya sé lo poco que tarda en llegar el verano y que mi actividad docente también tiene ya casi puesta la fecha de caducidad, deseo -como dice Serrat- que el olvido sólo sea capaz de llevarse una pequeña parte de todas las vivencias que hemos compartido contigo día a día durante muchos años. Y te deseo que tengas toda la suerte que tú te mereces.

Juan Leiva León

Madre e hija

Doña Josefina Carrascosa, así se llamaba mi maestra, que allá por el año 1962, en mi pueblo, Fuente Álamo de Murcia, decidió mi vida: pasaría de ser una niña de 11 años de pueblo a Bachiller, cosa que en aquellos tiempos conseguían muy pocas personas, sólo los pudientes o los que como yo consiguieron una Beca del Pio de 14.000 pesetas que me ayudó a ingresar en un Internado en Cartagena.

Después pasé a Magisterio y este año (D.M.) conseguiré mi reducción de jornada a mis 61 años. Una de mis hijas, también es profesora en paro.

Doña. Josefina supo inculcar en mí el cariño por la profesión, era mi amiga, mi protectora, yo confiaba totalmente en ella, persona responsable hasta después de su percance que la dejó cojita, muy respetada y que yo evoco ahora con mucho cariño.

¡Cómo me gustaría ser recordada como ella y que sigan habiendo personas motivadoras que se involucren para con sus alumnos/as!

Pepa Jiménez, profesora de Carmelitas.

Tengo 27 años, casi 28. Soy profesora de Secundaria en paro y “opositora”. Toda mi vida he querido ayudar a los demás, enseñarles mis conocimientos e inculcarles los valores que he adquirido. Por eso decidí dedicarme a esta profesión, porque he tenido muy buenos docentes a lo largo de mi vida, y en particular por mi madre, la profesora más entregada que he tenido.

Resulta paradójico que elija a mi madre como la mejor, pero es así, no sólo por el año en el que fue mi profesora, sino por todo lo que me ha enseñado a lo largo de mi vida.

La he visto horas y horas preparándose su materia, investigando, leyendo, aprendiendo, buscando ideas y llevándolas a cabo. Es una profesora dedicada a cualquier causa sin esperar nada a cambio. Es más, les dedica todo su esfuerzo. Con casi 40 años en la profesión le llega su prejubilación, y se la merece, por estupenda.

Lo más importante que he aprendido de ella es que “crea gran satisfacción el saber que tu esfuerzo, dedicación y conocimientos, dan su fruto en los demás”. Por ello es de admirar.

¡Gracias!

Mª Jesús Madrid Jiménez.

Guillermina y Manolita

A mi la huella me la dejó una profesora llamada Guillermina Bonilla. Y dejó una huella que ahora intento dejar yo sobre otros pupilos, pues soy maestra, “por culpa”, como yo digo, en gran parte a ella.

Es increíble como soy considerada una maestra moderna y que le gusta enseñar a base de juegos como si eso formara parte de la enseñanza actual. Muchos de esos juegos de competición para saber las tablas, de cálculo mental, de quién señala antes una cordillera en un mapa… ya los hacía yo con ella en los años 80.

También formaba parte del claustro del Colegio Ntra Sra del Pilar, colegio del que muchas nos sentimos orgullosas y del que todas, recordamos de manera especial el olor del salón de actos. Siempre he supuesto que era el de la madera del escenario, pero que se idealizaba por la ilusión que teníamos por ir allí.

Pero no puedo dejar de hacer mención a mi madre. Una profesional de la enseñanza a la que el destino no dejó ser matrona, pero que ayudó a muchos niños de Alegría de la Huerta a dar sus primeros pasos en la vida con su guardería, de una forma tan perfecta que muchos de ellos han llegado a ser grandes profesionales en sus áreas: Doña Manolita Martín Pérez.

Irene Garrido

Aire fresco en las aulas

Decidirse por quién ha sido el docente que ha dejado su huella durante nuestra etapa educativa no es una tarea fácil. Han sido tantas las horas de nuestra vida pasadas en las aulas y tantos los docentes con los que hemos compartidos esos años que los recuerdos se amontonan dificultando la decisión.

Puestos a hacerlo, quiero recordar a dos que corresponden a dos momentos bien diferentes de mi vida.

La primera, al menos en el tiempo, fue una joven profesora que murió en el ejercicio de su profesión. María Victoria Zambrana era profesora de Historia en el Instituto Nuestra Sra. de la Victoria. Junto con un reducido grupo de colegas constituían en sector juvenil de aquel centro, al que trajeron un aire fresco, renovador. Nos enseñó una Historia distinta en unos años en los que la Historia era una materia memorística hasta el hartazgo. Con su forma de enseñar, nos animaba a pensar, a analizar, a reflexionar, a mirar la vida desde otro prisma. Un desgraciado accidente truncó su vida junto con la de otro compañero y varios alumnos cuando visitaban la Cueva de la Pileta.

No pudimos acabar nuestro curso con ella, pero guardamos su recuerdo. ¡Gracias María Victoria!

La segunda profesora es bien distinta, en el tiempo y en las circunstancias.

Fue la “seño” de una de mis hijas. Eran otros tiempos, otros escenarios escolares.

Desde mi perspectiva de padre de alumna pude constatar su compromiso, entrega y dedicación a su alumnado. Todas las promociones que han pasado por sus manos guardan un recuerdo cariñoso, alegre, tierno. Su buen hacer profesional unido a un profundo conocimiento le permitían afrontar fácilmente las situaciones por difíciles que fueran. Le servían para ayudar a su alumnado a hacerse personas equilibradas, repletas de valores, respetuosas, solidarias.

Como padre, quiero recordar a una maestra en el más amplio sentido de la palabra. ¡Gracias “seño” Paca!

Ernesto Gómez Rodríguez
Presidente del Consejo Escolar de Andalucía

La huella docente… La huella decente

Piso de nuevo mi infancia con las suelas algo gastadas del recuerdo. Lo hago impelido por una iniciativa tan sencilla como contundente de la Delegación de Educación de mi provincia, Málaga. Se trata de recordar a mis maestros de la infancia y la adolescencia, rastrear en la memoria sensorial la huella de su docencia y que quepa en un folio y medio.

Málaga es la ciudad donde fui alumno durante los años de aquello que se llamó Educación General Básica, Bachillerato Unificado Polivalente y Curso de Orientación Universitaria, o sea, de la EGB, del BUP y el COU, también acrónimos que sólo viven en el pasado reciente de este país que lleva ya seis leyes orgánicas de Educación en poco más de 30 años de democracia…

Aquellos maestros que tuve entonces se emplearon en mi educación con las tres virtudes teologales que Manuel Alcántara enumeraría como: Fe, Esperanza y Claridad. Alguno, incluso, lo hizo con demasiada fe cuando me retorcía la patilla mientras decía aquello de “pedazo de tocinito de tu mamá” hasta que casi me despegaba del suelo. Aquello ocurría en el colegio infantil María Auxiliadora –en aquel tiempo los centros escolares tenían o el nombre de Franco o el de alguna advocación religiosa-, en la calle La Unión.

De otro maestro del aquel colegio, don Antonio Benítez, guardo mucho mejor recuerdo. Nos daba palmetazos en la mano abierta con asombrosa habilidad, hasta el punto de que conseguía acertar de lleno a pesar de que el temor al leñazo nos hacía quitarla una y otra vez. Recuerdo que una tarde fui con mi madre a verle al colegio y él la convenció para que yo cursara segundo y tercero en un solo año, para que no perdiera el tiempo. Aquello hizo que mis padres, haciendo un esfuerzo colosal, le pagaran aparte unas “permanencias” (clases particulares). Aún siento vívida la extraña sensación que tuve cuando el maestro entró por primera vez en mi casa con una carpeta bajo el brazo, desarmado de su palmeta habitual, y sin la pizarra como telón de fondo.

Don Antonio fue ya para mí el maestro que me dio el primer gran espaldarazo en la vida, aunque más tarde ese año de adelanto sólo me sirvió para verme envuelto en un conflicto administrativo cuando terminé 8º en mi siguiente colegio.

Lo llamábamos “el grupo escolar”, aunque en la puerta del centro ponía: Colegio Nacional Mixto Generalísimo. Lo de mixto se encargaba de contradecirlo el alto muro que separaba el patio de los niños del de las niñas, y las aulas separadas. El colegio estaba y está en la calle Horacio Lengo, aunque hoy se llama Doctor Fleming. “El grupo” era un mundo nuevo que transitar, de largos y antiguos pasillos, con enormes clases para nuestros pequeños tamaños. En cada una de ellas nos sentábamos 40 alumnos en viejos pupitres de madera que conservaban el hueco del tintero. Cientos de niños de distintos cursos bramábamos a la hora del recreo. Cuando éste terminaba formábamos en el patio de manera pseudomilitar antes de volver a entrar en las aulas.

El primer maestro que tuve allí fue el entrañable don Enrique, que siempre pareció viejito y al que saludé años después en la calle y se le saltaron las lágrimas porque, según me dijo, nunca creía que de tantos niños que pasaban tan pequeños por su clase alguno pudiera acordarse de aquel pobre maestro cuando ya fuera un hombre… Después tuve a don Manuel Acosta (siempre se les llamaba de don), a don Miguel Olalla, a don Juan Infantes Zurita (llamado “el chichonequi” porque tenía un bulto en lo alto de la calva cocorota), y así hasta llegar al director, don Evaristo Morcillo Herrera y su eterna secretaria, la señorita Mari Carmen, a quien me chocaba llamar señorita porque era mayor como para llamarla señora. En 7º llegaron algunos profesores nuevos, más jóvenes, distintos, vestidos de manera informal y con más pelo. Recuerdo que uno de ellos nos dijo el primer día de clase: “llamadme Juan José, sin don”). Algo estaba cambiando a nuestro alrededor en el mundo de los adultos, lo que visto hoy en la distancia tenía muchas cosas mejores y otras no tanto…

Y por fin llegó el instituto. Los dos primeros años iba y venía en mi bicicleta Torrox color butano, con los libros amarrados en la parte de atrás con un pulpo de goma, desde mi casa en el Paseo de los Tilos hasta el Instituto Nª Sra de la Victoria, “Martiricos”, en la otra punta de Málaga. Crecí mucho en ese intervalo, y los recuerdos de entonces son tan emocionantes como oscuros…

Los baratos bocadillos de “la vieja” en la covacha del pasillo común donde hacíamos cola con la esperanza de que, tras pasarle el cuchillo una y otra vez al pan, cuando terminaba no hubiera más foiegras dentro de la lata que cuando empezó a hacer en el bocadillo. Las vueltas y más vueltas al patio en clase de gimnasia con Antonio Guadamuro, quien había sido el locutor de ‘El búho musical’, un programa muy popular en nuestra primera adolescencia. Lo emitía Radio Popular, y hasta la emisora nos acercábamos a dejar notitas que por la noche esperábamos que fueran leídas, imaginando la cara de la chica a la que le dedicábamos aquellas canciones.

Las clases de matemáticas con el pobre Emilio López Gali, apodado cruelmente el sapo, un hombre ya mayor al que me daba pena que le tiraran trozos de tiza cuando se quedaba adormecido en plena clase con la lengua entre los labios.

Las novedosas clases de religión y los grupos de convivencia con los curas Alfonso y José Luis Linares.

La figura de Juan Antonio Lacomba, las clases de latín de la aparentemente rígida Ana María Alises, o las últimas visitas de los descerebrados muchachos de ‘Fuerza Nueva’ cargados con sus cadenas, en fin…

En tercero inauguré un instituto más cercano a casa, el ‘Polígono de Cártama’, hoy ‘Salvador Rueda’… Allí profesores más jóvenes, paredes nuevas, la multicopia a mano y el empeño en editar la revista del centro, que llamé con intención critica ‘Piedras’, algunos de cuyos ejemplares aún están en casa de mi madre. Una doméstica publicación que dio a mis humildes padres injustas preocupaciones ya que se convirtió en una afrenta para la dirección del centro.

Allí la primera obra de teatro escolar, dirigida por el profesor Jesús García Castrillo, ‘En la ardiente oscuridad’ de Buero Vallejo, tan cargada de metáforas políticas. Los primeros recitales de poesía, “qué piensan los poetas, poetas andaluces de ahora…” Por ahí andará aquella cinta de cassette donde se grabó lo que hicimos en el salón de actos. Allí los viajeros románticos explicados por Jesús Majada. Las tímidas clases de Biología que nos daba Maribel

Allí las clases de Física de Eduardo Martín Delgado, siempre tan serio en sentido literal y en el mejor de los sentidos. Un andarín imparable mientras explicaba la materia, lo que provocó que un día intentáramos jugársela colocando en círculo los pupitres. Él, con sobriedad británica y sin dejar de hablar, separó uno de ellos, se metió en el círculo, y siguió andando por dentro hasta que terminó la clase. Cómo olvidarlo…

Cómo perder de la memoria el pelo de Rocío, aquella chica que nos daba matemáticas aunque no le tocaba, creo, con una cabellera negra que se derramaba hasta las piernas bamboleándose con un efecto narcótico cuando escribía en la pizarra…

Y Lala, aquella ‘profe’ de francés. De ella estuve sencillamente enamorado. Me preocupaba que Amadeo, un alumno mayor que yo de físico impactante y melena rubia, alegre y provocón, me hiciera sombra cuando ella entraba en clase. Aún la recuerdo con sus pantalones ceñidos de color morado…- Después de tantos años, y como la recordé en el vídeo que grabamos para la página web de Educación, he recibido un email de ella. Di un bote cuando vi que ponía “Lala” en el asunto. Me decía que alguien le había enviado el enlace del vídeo de Educación donde yo la mencionaba, pero que no recordaba que aquel pantalón que aún produce estragos en mi memoria fuera morado. Me cuenta que se casó, que no había tenido hijos y que hoy vive felizmente en Alicante y que alguna vez, cruzando Despeñaperros, me había escuchado en la radio –

Aquellos docentes dispares me dejaron su huella. Aquí sólo cuento una parte y a todos no nombro por falta de espacio. Pero sí quiero dejar constancia de que todos coinciden en mi memoria en una única enseñanza fundamental: su decencia…

A todos mis maestros… Gracias.

Domi del Postigo