Piso de nuevo mi infancia con las suelas algo gastadas del recuerdo. Lo hago impelido por una iniciativa tan sencilla como contundente de la Delegación de Educación de mi provincia, Málaga. Se trata de recordar a mis maestros de la infancia y la adolescencia, rastrear en la memoria sensorial la huella de su docencia y que quepa en un folio y medio.
Málaga es la ciudad donde fui alumno durante los años de aquello que se llamó Educación General Básica, Bachillerato Unificado Polivalente y Curso de Orientación Universitaria, o sea, de la EGB, del BUP y el COU, también acrónimos que sólo viven en el pasado reciente de este país que lleva ya seis leyes orgánicas de Educación en poco más de 30 años de democracia…
Aquellos maestros que tuve entonces se emplearon en mi educación con las tres virtudes teologales que Manuel Alcántara enumeraría como: Fe, Esperanza y Claridad. Alguno, incluso, lo hizo con demasiada fe cuando me retorcía la patilla mientras decía aquello de “pedazo de tocinito de tu mamá” hasta que casi me despegaba del suelo. Aquello ocurría en el colegio infantil María Auxiliadora –en aquel tiempo los centros escolares tenían o el nombre de Franco o el de alguna advocación religiosa-, en la calle La Unión.
De otro maestro del aquel colegio, don Antonio Benítez, guardo mucho mejor recuerdo. Nos daba palmetazos en la mano abierta con asombrosa habilidad, hasta el punto de que conseguía acertar de lleno a pesar de que el temor al leñazo nos hacía quitarla una y otra vez. Recuerdo que una tarde fui con mi madre a verle al colegio y él la convenció para que yo cursara segundo y tercero en un solo año, para que no perdiera el tiempo. Aquello hizo que mis padres, haciendo un esfuerzo colosal, le pagaran aparte unas “permanencias” (clases particulares). Aún siento vívida la extraña sensación que tuve cuando el maestro entró por primera vez en mi casa con una carpeta bajo el brazo, desarmado de su palmeta habitual, y sin la pizarra como telón de fondo.
Don Antonio fue ya para mí el maestro que me dio el primer gran espaldarazo en la vida, aunque más tarde ese año de adelanto sólo me sirvió para verme envuelto en un conflicto administrativo cuando terminé 8º en mi siguiente colegio.
Lo llamábamos “el grupo escolar”, aunque en la puerta del centro ponía: Colegio Nacional Mixto Generalísimo. Lo de mixto se encargaba de contradecirlo el alto muro que separaba el patio de los niños del de las niñas, y las aulas separadas. El colegio estaba y está en la calle Horacio Lengo, aunque hoy se llama Doctor Fleming. “El grupo” era un mundo nuevo que transitar, de largos y antiguos pasillos, con enormes clases para nuestros pequeños tamaños. En cada una de ellas nos sentábamos 40 alumnos en viejos pupitres de madera que conservaban el hueco del tintero. Cientos de niños de distintos cursos bramábamos a la hora del recreo. Cuando éste terminaba formábamos en el patio de manera pseudomilitar antes de volver a entrar en las aulas.
El primer maestro que tuve allí fue el entrañable don Enrique, que siempre pareció viejito y al que saludé años después en la calle y se le saltaron las lágrimas porque, según me dijo, nunca creía que de tantos niños que pasaban tan pequeños por su clase alguno pudiera acordarse de aquel pobre maestro cuando ya fuera un hombre… Después tuve a don Manuel Acosta (siempre se les llamaba de don), a don Miguel Olalla, a don Juan Infantes Zurita (llamado “el chichonequi” porque tenía un bulto en lo alto de la calva cocorota), y así hasta llegar al director, don Evaristo Morcillo Herrera y su eterna secretaria, la señorita Mari Carmen, a quien me chocaba llamar señorita porque era mayor como para llamarla señora. En 7º llegaron algunos profesores nuevos, más jóvenes, distintos, vestidos de manera informal y con más pelo. Recuerdo que uno de ellos nos dijo el primer día de clase: “llamadme Juan José, sin don”). Algo estaba cambiando a nuestro alrededor en el mundo de los adultos, lo que visto hoy en la distancia tenía muchas cosas mejores y otras no tanto…
Y por fin llegó el instituto. Los dos primeros años iba y venía en mi bicicleta Torrox color butano, con los libros amarrados en la parte de atrás con un pulpo de goma, desde mi casa en el Paseo de los Tilos hasta el Instituto Nª Sra de la Victoria, “Martiricos”, en la otra punta de Málaga. Crecí mucho en ese intervalo, y los recuerdos de entonces son tan emocionantes como oscuros…
Los baratos bocadillos de “la vieja” en la covacha del pasillo común donde hacíamos cola con la esperanza de que, tras pasarle el cuchillo una y otra vez al pan, cuando terminaba no hubiera más foiegras dentro de la lata que cuando empezó a hacer en el bocadillo. Las vueltas y más vueltas al patio en clase de gimnasia con Antonio Guadamuro, quien había sido el locutor de ‘El búho musical’, un programa muy popular en nuestra primera adolescencia. Lo emitía Radio Popular, y hasta la emisora nos acercábamos a dejar notitas que por la noche esperábamos que fueran leídas, imaginando la cara de la chica a la que le dedicábamos aquellas canciones.
Las clases de matemáticas con el pobre Emilio López Gali, apodado cruelmente el sapo, un hombre ya mayor al que me daba pena que le tiraran trozos de tiza cuando se quedaba adormecido en plena clase con la lengua entre los labios.
Las novedosas clases de religión y los grupos de convivencia con los curas Alfonso y José Luis Linares.
La figura de Juan Antonio Lacomba, las clases de latín de la aparentemente rígida Ana María Alises, o las últimas visitas de los descerebrados muchachos de ‘Fuerza Nueva’ cargados con sus cadenas, en fin…
En tercero inauguré un instituto más cercano a casa, el ‘Polígono de Cártama’, hoy ‘Salvador Rueda’… Allí profesores más jóvenes, paredes nuevas, la multicopia a mano y el empeño en editar la revista del centro, que llamé con intención critica ‘Piedras’, algunos de cuyos ejemplares aún están en casa de mi madre. Una doméstica publicación que dio a mis humildes padres injustas preocupaciones ya que se convirtió en una afrenta para la dirección del centro.
Allí la primera obra de teatro escolar, dirigida por el profesor Jesús García Castrillo, ‘En la ardiente oscuridad’ de Buero Vallejo, tan cargada de metáforas políticas. Los primeros recitales de poesía, “qué piensan los poetas, poetas andaluces de ahora…” Por ahí andará aquella cinta de cassette donde se grabó lo que hicimos en el salón de actos. Allí los viajeros románticos explicados por Jesús Majada. Las tímidas clases de Biología que nos daba Maribel…
Allí las clases de Física de Eduardo Martín Delgado, siempre tan serio en sentido literal y en el mejor de los sentidos. Un andarín imparable mientras explicaba la materia, lo que provocó que un día intentáramos jugársela colocando en círculo los pupitres. Él, con sobriedad británica y sin dejar de hablar, separó uno de ellos, se metió en el círculo, y siguió andando por dentro hasta que terminó la clase. Cómo olvidarlo…
Cómo perder de la memoria el pelo de Rocío, aquella chica que nos daba matemáticas aunque no le tocaba, creo, con una cabellera negra que se derramaba hasta las piernas bamboleándose con un efecto narcótico cuando escribía en la pizarra…
Y Lala, aquella ‘profe’ de francés. De ella estuve sencillamente enamorado. Me preocupaba que Amadeo, un alumno mayor que yo de físico impactante y melena rubia, alegre y provocón, me hiciera sombra cuando ella entraba en clase. Aún la recuerdo con sus pantalones ceñidos de color morado…- Después de tantos años, y como la recordé en el vídeo que grabamos para la página web de Educación, he recibido un email de ella. Di un bote cuando vi que ponía “Lala” en el asunto. Me decía que alguien le había enviado el enlace del vídeo de Educación donde yo la mencionaba, pero que no recordaba que aquel pantalón que aún produce estragos en mi memoria fuera morado. Me cuenta que se casó, que no había tenido hijos y que hoy vive felizmente en Alicante y que alguna vez, cruzando Despeñaperros, me había escuchado en la radio –
Aquellos docentes dispares me dejaron su huella. Aquí sólo cuento una parte y a todos no nombro por falta de espacio. Pero sí quiero dejar constancia de que todos coinciden en mi memoria en una única enseñanza fundamental: su decencia…
A todos mis maestros… Gracias.
Domi del Postigo