Enrique Asensi Bartolomé. Mi maestro, mi padre…

Enrique Asensi Bartolomé, nació en 1907, en Marbella (Málaga) y pronto su familia marchó a Málaga buscando mejores oportunidades para sus hijos. Enrique estudió Bachiller, por libre, en el Instituto de la calle Gaona y después ingresó en la Escuela de Magisterio, estudios que realizó brillantemente, ilusionándose con esta carrera. El profesor de Dibujo lo nombró, siendo estudiante de 3º, adjunto a la Cátedra de Dibujo, dadas sus buenas aptitudes artísticas. Aprobó la Oposición de 1928 y fue destinado propietario definitivo a Canillas de Albaida, en 1931. Lo recuerda aun su alumno Carlos Martín, con cerca de noventa años: “era un hombre bueno, afable, nunca se enfadaba ni pegaba, ilustraba la pizarra con dibujos y una caligrafía impecable, los alumnos estábamos a gusto en la escuela…”. Su amplia formación pedagógica la volcó en educar a los niños con gran amplitud de miras. Siguió las leyes educativas vigentes de la República que enaltecieron la figura de los Maestros y de la enseñanza, en general. Pero eran tiempos difíciles y convulsos, en que la miseria, la incultura y el dogmatismo imperaban y el Maestro Enrique Asensi fue preso de los odios e incomprensiones de ambos bandos que quería apropiárselo. La guerra incivil se cebó en él. En 1937, ocupada Málaga por las tropas franquistas, es suspendido de empleo y sueldo, luego repuesto provisional en Campanillas y, por último, en 1940, depurado y trasladado forzoso, a Hontanaya (Cuenca). Y todo por ser un hombre íntegro y digno, un buen maestro y una gran persona.

Sigue leyendo

Un maestro para siempre

Este curso que se inicia parece uno más de tantos, pero en el Politécnico sabemos que hay una diferencia significativa: nuestro compañero y amigo José Antonio  se jubila tras un período muy amplio de vida profesional. Su trayectoria por la enseñanza ha sido variada y fructífera. En los últimos años se incorporó al IES Politécnico Jesús Marín de Málaga dentro del Departamento de Orientación y es un referente esencial en el centro tanto por su profesionalidad como por su forma de ser.  Al conocerlo en el día a día me surgen ideas del tipo “si todos los docentes fueran como él, la escuela sería como debe ser” y “es el tipo de maestro que quisiera para mis hijos”.

Su trabajo en el PGS y posteriormente en el PCPI con alumnado con bastantes carencias y problemas personales y familiares ha sido extraordinario. Su capacidad de trabajo, análisis de las situaciones, rigor en los procesos en el aula nos ha dejado impresionados. Siempre vamos a recordar su maleta con todos los bolígrafos ordenados de múltiples colores  y sus carpetas en las que se reflejaban todas las incidencias con los alumnos y sus familias, así como la planificación del curso paso a paso con los materiales de clase que el mismo elaboraba periódicamente.  Cuando se entraba en su clase y se comprobaba que el grupo de alumnos de tanta complejidad y generalmente de fracaso escolar y rechazo al sistema educativo realizaba sus tareas en silencio durante varias horas sin quejas y con una naturalidad plena se podía pensar que no era normal y que ahí pasaba algo. Si qué pasaba. Había un maestro que exigía pero escuchaba,  daba ejemplo y siempre estaba para cada uno de ellos y para atender sus problemas, que en ocasiones eran bastante graves y complejos.

Además, siempre estaba dispuesto a colaborar en todas las cuestiones del departamento y del centro: trabajar en la orientación académica de la FPI, ocuparse en todas las cuestiones que han surgido y que necesitaba de personas con ganas de trabajar y dedicar tiempo, apoyar a alumnado con necesidades de refuerzo educativo…

Creo que puedo decir sin riesgo a equivocarme que todo el claustro lo ha tenido como compañero y lo considera como buen maestro y sobretodo y más importante como buena persona. En mi caso, además  lo tengo como amigo y como ejemplo de lo que debe ser un profesional y de cómo hacer las cosas dándole importancia a lo más importante: el compañerismo y los alumnos.

No quiero terminar sin decirle, aunque él lo sabe, que seguiremos contando con su sabiduría y que su ejemplo va a estar con nosotros permanentemente.

Felicidades y gracias.
Docente: José Antonio Álvarez Valverde

Juan Francisco Lima, compañero y amigo

 

Toñi Medina, mi profesora de Historia

Jamás he sido una buena estudiante, aunque reconozco haber tenido buenos docentes, y desde estas líneas quiero rendir mi humilde homenaje a Toñi Medina, con la que fui especialmente injusta. No me estoy refiriendo a faltas de respeto, algo que va radicalmente en contra de la educación que he recibido, pero sí que tuve una actitud indolente y no supe valorar su esfuerzo y dedicación.

Tengo 37años y cursé Secundaria en el instituto Federico García Lorca, de Churriana de la Vega (Granada). Allí conocí a Toñi Medina, mi profesora de Geografía e Historia en 2º y 3º de BUP. Como he referido al principio, no soy una buena estudiante, debo reconocer que más por desidia que por falta de capacidad, ya que asignaturas supuestamente difíciles, como Matemáticas, no suponían ningún reto para mí pero, cuando se trataba de ‘empollar’…

Siempre sentí especial fobia por la Historia, aunque ahora entiendo que más por el uso partidista del pasado que por la materia en sí. Por más que Toñi Medina se esforzaba en hacer atrayente la materia, explicándola casi como si de una telenovela se tratara, yo me negaba a estudiar y, todo lo más, me quedaba con algunos datos anecdóticos que poco aportaban.

Por si estas líneas llegaran a su conocimiento, me gustaría hacerle saber que, por fin, superé mis prejuicios, y que aún recuerdo la apasionante vida de Juana la Beltraneja, un personaje que pudo cambiar la Historia.

Desde aquí mi más sincero homenaje, gratitud y arrepentimiento por mi actitud pasada para Toñi Medina, profesora del instituto Federico García Lorca, de Churriana de la Vega (Granada), en la primera mitad de los años noventa. Gracias.

Una gran maestra

A veces es inevitable que las emociones afloren con fuerza, y hasta es fácil caer en la tentación de recordar el largo camino -dificultoso muchas veces- que llevamos transitado quienes ya peinamos canas y un día, en que nos entraron muchas ganas de comernos el mundo, planeamos que un modo apropiado de hacerlo podría ser dedicándonos a esta noble actividad que es la enseñanza.

Es verdad que el paso de los años tiene la puñetera manía de anquilosar nuestro luchador espíritu, al tiempo que se van llenando de telarañas los rincones del alma. Pero por el camino, bien entre bambalinas  o en el escenario principal del teatro de la vida,  a veces tienes la suerte de compartir tarea con personajes que te pellizcan en lo más hondo del alma y te ayudan a seguir avanzando.

Son personajes a quienes jamás encuentras bajos de ilusión y son inasequibles al desaliento. Si hablas con ellos sus palabras actúan como una especie de bálsamo para aliviar el desánimo que esta bendita profesión nos trae con más frecuencia de la que podemos soportar quienes ya tenemos guardada una amplia colección de “postales”; fruto, sin duda, de largos años dedicados a una actividad tan dada a los altibajos anímicos como es la docente.

Pues bien, estoy seguro de que quien haya conocido y tratado a María Luisa Alcaide, maestra recién jubilada en el colegio Santa Amalia de Fuengirola, no me va a contradecir si digo que es una suerte haber encontrado en ella a uno de esos personajes que dejan huella; una huella de la que se siente uno orgulloso para lucirla donde se presente la ocasión de decir bien alto que nos hemos cruzado por el camino con una gran maestra. Aunque lojeña de nacimiento –querida y luchadora María Luisa-  ahora ya no les perteneces a tus paisanos aunque allí, en Loja, figure tu partida de nacimiento. Ahora eres nuestra, de todos los que te hemos conocido y disfrutamos del regalo de tu amistad. Y  voy  a decirte algo que hasta puede que no te guste, si bien voy a hacerlo con todo el cariño que te tengo. Ojalá que el cacareado cambio en la edad de jubilación no te hubiera dado tiempo ni opción a que nos dejes.

La nave Santa Amalia no puede permitirse el lujo de perder a una de sus más grandes capitanas pues aún quedan muchos puertos a donde arribar, y la marinería necesita de maestras de tu  categoría para seguir navegando y capear algún que otro temporal de esos que causan efectos que sólo se curan con sentimiento y cariño. Y de eso entiendes tú un rato.

Tu mayor éxito, por encima de cálculos matemáticos, lecciones de geografía o  conjugaciones de verbos que hayas podido enseñar a tus alumnos, es haber sembrado en ellos sentimientos de muchos quilates. Como muestra basta un botón. Hace apenas unos días decidiste reunir a los padres de tus alumnos para despedirte de ellos y, aunque tú nunca has sido persona dada al lloriqueo, las emociones se desbordaron más de la cuenta.

Lo cierto es que al día siguiente hubo un momento muy especial en que una chiquilla, que tiene el alma de cristal pero un corazón muy grande, con sus medias palabras te pedía que no te marchases. Entonces, con ojos que te brillaban de un modo muy especial, supiste de verdad, como tal vez nunca lo habías descubierto antes, al menos de forma tan clara, que ha merecido la pena realmente dedicar tu vida a esta noble actividad que a veces nos da algún que otro “refregonazo”, pero que muchas otras nos da regalos tan dulces como el que te proporcionó esa niña.

Ahora que ya sé lo poco que tarda en llegar el verano y que mi actividad docente también tiene ya casi puesta la fecha de caducidad, deseo -como dice Serrat- que el olvido sólo sea capaz de llevarse una pequeña parte de todas las vivencias que hemos compartido contigo día a día durante muchos años. Y te deseo que tengas toda la suerte que tú te mereces.

Juan Leiva León

Madre e hija

Doña Josefina Carrascosa, así se llamaba mi maestra, que allá por el año 1962, en mi pueblo, Fuente Álamo de Murcia, decidió mi vida: pasaría de ser una niña de 11 años de pueblo a Bachiller, cosa que en aquellos tiempos conseguían muy pocas personas, sólo los pudientes o los que como yo consiguieron una Beca del Pio de 14.000 pesetas que me ayudó a ingresar en un Internado en Cartagena.

Después pasé a Magisterio y este año (D.M.) conseguiré mi reducción de jornada a mis 61 años. Una de mis hijas, también es profesora en paro.

Doña. Josefina supo inculcar en mí el cariño por la profesión, era mi amiga, mi protectora, yo confiaba totalmente en ella, persona responsable hasta después de su percance que la dejó cojita, muy respetada y que yo evoco ahora con mucho cariño.

¡Cómo me gustaría ser recordada como ella y que sigan habiendo personas motivadoras que se involucren para con sus alumnos/as!

Pepa Jiménez, profesora de Carmelitas.

Tengo 27 años, casi 28. Soy profesora de Secundaria en paro y “opositora”. Toda mi vida he querido ayudar a los demás, enseñarles mis conocimientos e inculcarles los valores que he adquirido. Por eso decidí dedicarme a esta profesión, porque he tenido muy buenos docentes a lo largo de mi vida, y en particular por mi madre, la profesora más entregada que he tenido.

Resulta paradójico que elija a mi madre como la mejor, pero es así, no sólo por el año en el que fue mi profesora, sino por todo lo que me ha enseñado a lo largo de mi vida.

La he visto horas y horas preparándose su materia, investigando, leyendo, aprendiendo, buscando ideas y llevándolas a cabo. Es una profesora dedicada a cualquier causa sin esperar nada a cambio. Es más, les dedica todo su esfuerzo. Con casi 40 años en la profesión le llega su prejubilación, y se la merece, por estupenda.

Lo más importante que he aprendido de ella es que “crea gran satisfacción el saber que tu esfuerzo, dedicación y conocimientos, dan su fruto en los demás”. Por ello es de admirar.

¡Gracias!

Mª Jesús Madrid Jiménez.

Guillermina y Manolita

A mi la huella me la dejó una profesora llamada Guillermina Bonilla. Y dejó una huella que ahora intento dejar yo sobre otros pupilos, pues soy maestra, “por culpa”, como yo digo, en gran parte a ella.

Es increíble como soy considerada una maestra moderna y que le gusta enseñar a base de juegos como si eso formara parte de la enseñanza actual. Muchos de esos juegos de competición para saber las tablas, de cálculo mental, de quién señala antes una cordillera en un mapa… ya los hacía yo con ella en los años 80.

También formaba parte del claustro del Colegio Ntra Sra del Pilar, colegio del que muchas nos sentimos orgullosas y del que todas, recordamos de manera especial el olor del salón de actos. Siempre he supuesto que era el de la madera del escenario, pero que se idealizaba por la ilusión que teníamos por ir allí.

Pero no puedo dejar de hacer mención a mi madre. Una profesional de la enseñanza a la que el destino no dejó ser matrona, pero que ayudó a muchos niños de Alegría de la Huerta a dar sus primeros pasos en la vida con su guardería, de una forma tan perfecta que muchos de ellos han llegado a ser grandes profesionales en sus áreas: Doña Manolita Martín Pérez.

Irene Garrido

Aire fresco en las aulas

Decidirse por quién ha sido el docente que ha dejado su huella durante nuestra etapa educativa no es una tarea fácil. Han sido tantas las horas de nuestra vida pasadas en las aulas y tantos los docentes con los que hemos compartidos esos años que los recuerdos se amontonan dificultando la decisión.

Puestos a hacerlo, quiero recordar a dos que corresponden a dos momentos bien diferentes de mi vida.

La primera, al menos en el tiempo, fue una joven profesora que murió en el ejercicio de su profesión. María Victoria Zambrana era profesora de Historia en el Instituto Nuestra Sra. de la Victoria. Junto con un reducido grupo de colegas constituían en sector juvenil de aquel centro, al que trajeron un aire fresco, renovador. Nos enseñó una Historia distinta en unos años en los que la Historia era una materia memorística hasta el hartazgo. Con su forma de enseñar, nos animaba a pensar, a analizar, a reflexionar, a mirar la vida desde otro prisma. Un desgraciado accidente truncó su vida junto con la de otro compañero y varios alumnos cuando visitaban la Cueva de la Pileta.

No pudimos acabar nuestro curso con ella, pero guardamos su recuerdo. ¡Gracias María Victoria!

La segunda profesora es bien distinta, en el tiempo y en las circunstancias.

Fue la “seño” de una de mis hijas. Eran otros tiempos, otros escenarios escolares.

Desde mi perspectiva de padre de alumna pude constatar su compromiso, entrega y dedicación a su alumnado. Todas las promociones que han pasado por sus manos guardan un recuerdo cariñoso, alegre, tierno. Su buen hacer profesional unido a un profundo conocimiento le permitían afrontar fácilmente las situaciones por difíciles que fueran. Le servían para ayudar a su alumnado a hacerse personas equilibradas, repletas de valores, respetuosas, solidarias.

Como padre, quiero recordar a una maestra en el más amplio sentido de la palabra. ¡Gracias “seño” Paca!

Ernesto Gómez Rodríguez
Presidente del Consejo Escolar de Andalucía

Carta a don Manuel

Si hay algo en común y que une a un pueblo entero es que, en nuestros recuerdos de la infancia, siempre emerge la figura de nuestro maestro don Manuel. Por eso compartimos el reconocimiento a un gran profesional de la educación y mejor persona, con el que tenemos una gran deuda de agradecimiento.

Es motivo de orgullo y gran satisfacción presentar el apoyo de toda una comunidad educativa, al inestimable y querido maestro don Manuel Cabrera de la Torre, que lleva entre nosotros en Moclinejo casi medio siglo, impartiendo su conocimiento, su formación, sus valores humanos e infinita paciencia a tres generaciones de nuestra vecindad.

Don Manuel, discreto, correcto, de modales y comportamiento impecable llegó a Moclinejo siendo un joven de 19 años, compatibilizando la docencia con el servicio militar y, continuando su dedicación y entrega a lo largo de 47 años en nuestra escuela.

Cuando estuvo bien trabajó y mucho con nosotros, cuando no estuvo tan bien, siguió trabajando mucho con nosotros, y a veces forzando un poco, incluso su propia salud, continuando hoy su constancia y dedicación en las aulas, incluso a pesar de haber superado la edad de la merecida jubilación y el merecido descanso.

Don Manuel ha formado parte de la biografía personal de todos y cada uno de nosotros. Nos ha llenado a lo largo del tiempo de momentos inolvidables, de atención y de aprendizaje, de lecciones de libro y de vida, de ayuda; siendo la figura constante que nos acompaño en nuestro crecimiento, hasta determinar en gran medida, el futuro profesional de muchos de nosotros.

Incansable, humilde, lleno de justicia, sensibilidad a la diferencia y a las necesidades, lleno de sabiduría nos aconsejó, nos enseño las primeras letras. Nos obligó, con una conmovedora paciencia, a dominar nuestra atención, tan propensa a irse por las nubes para fijarla en el encerado o en el cuaderno, y nos enseñó a ser pequeños ciudadanos con normas compartidas.

Como compañero ha sido excelente, respetuoso, colaborador, sensible, cómplice, generoso y en definitiva trabajador tenaz en busca de un fin común a todos: la educación del alumnado.

Has ayudado a conducir el timón de la dirección con todo lo que lleva de complicado y al mismo tiempo con entrega y cariño. Siempre delicado, constructivo, con estilo elegante y con un saber digno de elogio, viendo la parte positiva, sin un mal gesto, eficiente, con voluntad, disciplina y sobre todo respeto a los compañeros.

 Por su dilatada trayectoria profesional, por haber consagrado su vida a la enseñanza del pueblo de Moclinejo, porque ha dejado huella y forma parte de nuestra historia y presente de nuestro pueblo, además de por la gran admiración y por esa deuda de gratitud que tenemos con él, consideramos que es merecedor de este reconocimiento.

Comunidad Educativa de Moclinejo

Maestros de vida, de creatividad y de libertad

Echando la vista atrás, de los recuerdos de mi infancia siempre emerge la figura de alguna de mis maestras, con quienes siempre tendré pendiente una deuda de gratitud. Es posible que todos nosotros tardemos mucho en darnos cuenta de su gran influencia, y muy probablemente, muchas de ellas ya han desaparecido; sin embargo es indeleble la huella que dejaron en mí, como sirvieron de enlace entre mi propia familia y la sociedad en que crecí, como consiguieron encauzarme por caminos que me han llevado a ser la persona que soy hoy en día.

Estas líneas pretender rendirles, a ellas y a todos los docentes, un pequeño homenaje que además puede servirme para pagar esta deuda de gratitud. Porque todos ellos forman parte de los recuerdos imborrables de la historia española, y el inmenso papel que han desempeñado los maestros desde los tiempos de la República en el largo proceso de alfabetizar España y esta Andalucía nuestra, ha significado el abrir las puertas al progreso y la civilización.

Educar es avanzar hacia la libertad y hacia la igualdad. Un buen sistema educativo debe ser la base en que se asiente una sociedad democrática, igualitaria y justa. Y esto lo saben muy bien nuestros maestros y profesores, desde la enseñanza infantil a la universitaria.

En nuestros centros educativos, especialmente en los que se han educado mis hijos, Federico y Sonia, el CEIP “Las Cañadas” y el IES “Sierra de Mijas”, he tenido la oportunidad a lo largo de estos años de ver cómo muchos docentes, que han seguido ese espíritu que se encuentra en la base de toda la educación, se han implicado de forma personal en la formación de su alumnado yendo en muchos casos más allá de lo meramente profesional, haciendo incluso un seguimiento de la evolución de sus alumnos y alumnas a todos los niveles.

He conocido a docentes a los que no les importa dedicar su tiempo libre a realizar miles de actividades complementarias y extraescolares, he visto cómo inventan mil excusas para atraer la atención hacia los libros y la lectura, cómo llevan a su alumnado a visitar todo aquello que puede servir para orientarles en su vida, cómo organizan viajes educativos de varios días dedicándose a sus alumnos las 24 horas… y lo que se ha quedado grabado a fondo en mi retina: cómo disfrutan descubriendo los progresos de sus alumnos y alumnas, cómo se emocionan al oír esas representaciones de teatro, ese recitar poesías o bailar esa canción tantas veces ensayada o esa orla que recogen al acabar sus estudios en ese centro educativo. Y todo esto, hecho desde la voluntariedad y la entrega más generosa.

Estos maestros, como a mí me gusta llamarlos independientemente del nivel educativo que impartan, distinguen claramente la instrucción de la educación, saben que una formación positivista, basada exclusivamente en la formación académica, podrá permitir que se adquieran muchos conocimientos, pero nunca despertará el entusiasmo de la creatividad, de la imaginación y, por tanto, de la investigación y la invención, son aquellos que creen en educar entre todos, y hacen suya la frase que decía Giner de los Ríos “el papel de educador debe recaer tanto en el maestro como en los padres”.

Quiero que estas líneas sirvan para mostrar mi más sincero reconocimiento a la labor callada y digna que han hecho, hacen y harán miles de docentes en nuestra provincia y en nuestra Comunidad Andaluza. Su labor está impregnando de libertad y sentido crítico la realidad que nos rodea y en ese espíritu debemos seguir alimentándonos todos. Un niño o una niña educados no serán nunca racistas, ni insultarán, ni serán violentos.

La educación es, sin duda, el pilar de la igualdad social, de la justicia y de la libertad; por eso, la apuesta por la educación es la apuesta por el futuro, por el progreso y por la libertad. Y esa educación en muchos centros educativos funciona, y funciona bien, por esa voluntariedad, esa entrega y esa dedicación de nuestros docentes.

Los docentes que vienen a la memoria han jugado ese papel importante, dentro del proceso formativo de nuestros hijos e hijas como seres humanos y han funcionado como agentes transformadores de la sociedad, han sido guías, orientadores, facilitadores, investigadores, motivadores y creadores de oportunidades para fomentar el proceso de educación de su alumnado a lo largo de todos sus años de ejercicio profesional. Por todo ello, muchas gracias.

Pilar Triguero Vilreales

La angustia y el remedio en el mismo frasco

Mi madre se empeñó en que sus hijas fuesen educadas en el colegio Nuestra Señora del Pilar, en Ciudad Jardín. Las siervas de San José guiaban este centro de persianas verdes, grandes patios y una capilla con luminosas vidrieras que nos encantaba a todas.

Más de una soñó un futuro en el espectáculo en su salón de actos, con ese olor a madera, a escenario, tras las pesadas cortinas en las que aguardábamos el inicio de la función. Fui muy feliz entre sus muros. Para una niña fantasiosa como yo, despertar su imaginación a base de redacciones constantes fue, quizás, un gran acierto. Y podría decir que aquel resultó el lugar y el momento en el que nació mi vocación.

Pero el itinerario hacia la adolescencia no fue del todo fácil. Después de sufrir las exigencias de la madre Petra desde tercero hasta quinto de la EGB, dulce cuando quería pero sin olvidar la rigidez que imponían sus años, sus métodos un poco obsoletos y su hábito de monja, llegó el último ciclo.

Con el cambio, las niñas del grupo A ansiábamos respirar tranquilas. Vestida de seglar llegó la madre Encarna. Alta, morena y con grandes gafas, siempre usaba su bata blanca de médica. Era nueva en el colegio y parecía traer aire fresco. Le asignaron nuestra tutoría. Sin embargo, había pasado diez años como misionera en Zaire y sus tremendas experiencias en un lugar de extrema pobreza le hacían difícil la adaptación de nuevo a una sociedad con ciertas comodidades.

Después de ver cómo los niños caminaban descalzos por la selva kilómetros y kilómetros para no gastar sus zapatos antes de entrar al colegio, le enfurecía que unas niñas pudiéramos malgastar nuestra oportunidad. No consentía medias tintas en sus pupitres. Nos pedía un rendimiento máximo y nos asustaba con exámenes sorpresa. Nos enseñó muchas Ciencias, aunque al mismo tiempo nos produjo tanto agobio que creímos oportuno recurrir a otra profesora.

Siempre pensé que su nombre había sido providencial. La ‘señorita’ María Angustias de los Remedios escuchaba nuestros pesares y parecía comprendernos con una facilidad que no tenían las religiosas. Ella mantenía la calma y nos pedía, igualmente, paciencia. Envidiábamos a aquellas que la tenía de tutora. ¡Era tan guay! Nos ayudó a limar asperezas y a comprender los distintos puntos de vista, nos animó a tener la mente abierta, a ser tolerantes y acogedoras. Ella podía asumir la angustia y proponer el remedio. Fue una buena guía.

La señorita Angustias y otros docentes como la Madre Concepción, una de las monjas más modernas y enrolladas, con su pelo blanco reluciente en las clases de Música, la madre Dolores, empeñada en el buen uso de la Lengua, don Nicolás, con fama de duro pero que conmigo compartió su pasión por la Geología, o ‘la catalana’, me hicieron disfrutar de sus historias y estudiar con gusto las asignaturas. Siempre me encantaron los libros, pero ellos me enseñaron mucho más. Gracias a ellos supe que una vida a la que no se le echa corazón siempre será más oscura, más vacía.

Cristina Fernández
Redactora del periódico Málaga hoy