La angustia y el remedio en el mismo frasco

Mi madre se empeñó en que sus hijas fuesen educadas en el colegio Nuestra Señora del Pilar, en Ciudad Jardín. Las siervas de San José guiaban este centro de persianas verdes, grandes patios y una capilla con luminosas vidrieras que nos encantaba a todas.

Más de una soñó un futuro en el espectáculo en su salón de actos, con ese olor a madera, a escenario, tras las pesadas cortinas en las que aguardábamos el inicio de la función. Fui muy feliz entre sus muros. Para una niña fantasiosa como yo, despertar su imaginación a base de redacciones constantes fue, quizás, un gran acierto. Y podría decir que aquel resultó el lugar y el momento en el que nació mi vocación.

Pero el itinerario hacia la adolescencia no fue del todo fácil. Después de sufrir las exigencias de la madre Petra desde tercero hasta quinto de la EGB, dulce cuando quería pero sin olvidar la rigidez que imponían sus años, sus métodos un poco obsoletos y su hábito de monja, llegó el último ciclo.

Con el cambio, las niñas del grupo A ansiábamos respirar tranquilas. Vestida de seglar llegó la madre Encarna. Alta, morena y con grandes gafas, siempre usaba su bata blanca de médica. Era nueva en el colegio y parecía traer aire fresco. Le asignaron nuestra tutoría. Sin embargo, había pasado diez años como misionera en Zaire y sus tremendas experiencias en un lugar de extrema pobreza le hacían difícil la adaptación de nuevo a una sociedad con ciertas comodidades.

Después de ver cómo los niños caminaban descalzos por la selva kilómetros y kilómetros para no gastar sus zapatos antes de entrar al colegio, le enfurecía que unas niñas pudiéramos malgastar nuestra oportunidad. No consentía medias tintas en sus pupitres. Nos pedía un rendimiento máximo y nos asustaba con exámenes sorpresa. Nos enseñó muchas Ciencias, aunque al mismo tiempo nos produjo tanto agobio que creímos oportuno recurrir a otra profesora.

Siempre pensé que su nombre había sido providencial. La ‘señorita’ María Angustias de los Remedios escuchaba nuestros pesares y parecía comprendernos con una facilidad que no tenían las religiosas. Ella mantenía la calma y nos pedía, igualmente, paciencia. Envidiábamos a aquellas que la tenía de tutora. ¡Era tan guay! Nos ayudó a limar asperezas y a comprender los distintos puntos de vista, nos animó a tener la mente abierta, a ser tolerantes y acogedoras. Ella podía asumir la angustia y proponer el remedio. Fue una buena guía.

La señorita Angustias y otros docentes como la Madre Concepción, una de las monjas más modernas y enrolladas, con su pelo blanco reluciente en las clases de Música, la madre Dolores, empeñada en el buen uso de la Lengua, don Nicolás, con fama de duro pero que conmigo compartió su pasión por la Geología, o ‘la catalana’, me hicieron disfrutar de sus historias y estudiar con gusto las asignaturas. Siempre me encantaron los libros, pero ellos me enseñaron mucho más. Gracias a ellos supe que una vida a la que no se le echa corazón siempre será más oscura, más vacía.

Cristina Fernández
Redactora del periódico Málaga hoy

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